Y parece mentira que esté otra vez aquí. Hace que no escribo años enteros... Y es que mi vida a sido un no parar de hacer cosas y cosas.... En especial por mi reciente Gripe A. Sí, parece ser que es posible que tenga el virus H1N1... Pero el médico me ha dicho que no tengo porqué preocuparme, dado que como no tengo afección respiratoria previa, es muy posible que se me pase enseguida... Asíque he pensado en volver a escribir.... El problema es que no tengo tema... Y como sé que siempre os estoy pidiendo cosas, esta vez no va a ser así, y sólo os comento sutilmente que me gustaría que me comentárais algún tema sobre el que hacer una historia, y así podría escribir de una vez por todas... porque con esto de la fiebre y el aburrimiento, ni temas para escribir se me ocurren XD
Así que nada más, anuncio mi vuelta a los ruedos y espero que no me vaya a pillar el toro.
Un saludo para los lectotes del blog.
sábado, 26 de septiembre de 2009
sábado, 24 de enero de 2009
~>4ª Publicación
Me gustaría que participárais más, si no os importa, y que dejéis más comentarios, aunque sólamente sea para proponer n nombre para la historia, cuya continuación es esta de aquí abajo. Por otra parte, mi más sincero agradecimiento a las personas que leen y en especial a las que comentan en mi blog. Un saludo.
Capítulo I
Eran las doce de la noche de un día lluvioso. No había nadie en la calle. Todo en silencio. Las calles estaban iluminadas sólo por unas míseras lámparas de aceite que sólo alumbraban dos metros a su alrededor.
Después del naufragio, volvía a casa. Me había costado volver dado que, al hundirse el barco en el que viajaba al Nuevo Mundo, tuve que regresar escondido en las bodegas de varios navíos.
En el naufragado barco viajaba con mi padre, el cual era un alto rango en dicha nave. Pero desconocía si había sobrevivido, y de hecho quería salir a buscarlo, si no estaba en mi casa…
Pero antes de todo esto quería ver a mi Jacinta. La echaba mucho de menos, sobre todo esas noches largas de guardia cuando viajábamos en busca del pescado nocturno. Me animaba pensando en ella. En sus ojos. En su belleza… Sólo de pensar en que dentro de unos momentos la vería, se me disparó la adrenalina, y el último trazo del camino lo hice corriendo.
Ya llegaba a casa. Las luces estaban encendidas lo que significaba que allí había alguien.
Cuando abrí la puerta el bullicio de cánticos me impactó en la cara. Estaban celebrando algo. El salón estaba lleno de gente bebiendo y cantando. Charlie (mi hermano) se dio cuenta de que estaba allí, y calló. La chica con la que bailaba, se paralizó. Lo que dio paso a un efecto dominó callando y dejando pálidos a los que allí se hallaban. Dicho hermano que era el que más cerca estaba, se acercó a darme la bienvenida. Y detrás de él, pasaron a saludarle mis hermanos uno de tras de otro. Mas sólo pasaron 16.
Faltaba uno.
Zak fue el único que no fue a saludarme. Me miraba con recelo desde una mesa colocada al fondo del salón a modo de mesa presidencial.
En un susurro (porque la gente seguía callada) Le pregunté a Charlie que qué es lo que se celebraba:
-La boda de Zak- Contestó este.
Sonreí lleno de alegría y le grité:
-¡¡Enhorabuena hermanito!! ¡¿Y quién es la afortunada?!
Entonces sí hubo silencio, un silencio aún más frío, sepulcral, como si nadie me hubiera escuchado. O no me hubieran querido escuchar. Pero esto era imposible, dado al silencio que reinaba en el comedor.
-Con Jacinta Robledo del Valle- me dijo.
Un jarro de agua fría parecía deslizarse por mis anchas espaldas provocándome un escalofrío.
¡Jacinta! ¡Mi Jacinta! aquella a la que me había comprometido a querer siempre justo antes de mi viaje a alta mar. Aquella que me despedía desde su balcón pensando en el día de nuestra boda, que sería en el momento en que volviera a casa.
No, era mentira. Tenía que ser mentira. No lo podía creer. Mi amada casada con mi hermano pequeño. Con mi decimoséptimo hermano. Apenas me había ausentado tres años y había sido reemplazado por otro…
La busqué con la mirada. Y fue entonces cuando la vi, tan guapa vestida de blanco. Estaba espléndida, radiante, pero su cara, incomprensiblemente, denominaba tristeza.
Pero no me di cuenta.
Lleno de rabia, subí a la que era mi antigua habitación. Todo estaba como lo dejé. Abrí el armario e hice un petate en el que guardé ropa y algo de dinero. En ese momento Charlie subió:
-¿Dónde vas?
-A buscar a padre. No quiero ver a mi único amor en manos de mi hermano. Adiós.
-Pero espera... no lo entiendes... esto es porque… - la voz de Charlie se convirtió en un susurro según iba bajando las escaleras.
La gente me miraba anonadada. Pero una vez más no me di cuenta. Atravesé el salón y desaparecí por la puerta.
Ni siquiera me fijé si mi padre estaba allí o no, con tantas prisas ni pregunté. Pero algo me decía que me debía alejar, y como no tenía dónde ir, me aventuré en una búsqueda que podía estar solucionada. O a lo mejor no.
~~~~~~
Dejad vuestro comentario aquí. Hasta pronto.
Capítulo I
Eran las doce de la noche de un día lluvioso. No había nadie en la calle. Todo en silencio. Las calles estaban iluminadas sólo por unas míseras lámparas de aceite que sólo alumbraban dos metros a su alrededor.
Después del naufragio, volvía a casa. Me había costado volver dado que, al hundirse el barco en el que viajaba al Nuevo Mundo, tuve que regresar escondido en las bodegas de varios navíos.
En el naufragado barco viajaba con mi padre, el cual era un alto rango en dicha nave. Pero desconocía si había sobrevivido, y de hecho quería salir a buscarlo, si no estaba en mi casa…
Pero antes de todo esto quería ver a mi Jacinta. La echaba mucho de menos, sobre todo esas noches largas de guardia cuando viajábamos en busca del pescado nocturno. Me animaba pensando en ella. En sus ojos. En su belleza… Sólo de pensar en que dentro de unos momentos la vería, se me disparó la adrenalina, y el último trazo del camino lo hice corriendo.
Ya llegaba a casa. Las luces estaban encendidas lo que significaba que allí había alguien.
Cuando abrí la puerta el bullicio de cánticos me impactó en la cara. Estaban celebrando algo. El salón estaba lleno de gente bebiendo y cantando. Charlie (mi hermano) se dio cuenta de que estaba allí, y calló. La chica con la que bailaba, se paralizó. Lo que dio paso a un efecto dominó callando y dejando pálidos a los que allí se hallaban. Dicho hermano que era el que más cerca estaba, se acercó a darme la bienvenida. Y detrás de él, pasaron a saludarle mis hermanos uno de tras de otro. Mas sólo pasaron 16.
Faltaba uno.
Zak fue el único que no fue a saludarme. Me miraba con recelo desde una mesa colocada al fondo del salón a modo de mesa presidencial.
En un susurro (porque la gente seguía callada) Le pregunté a Charlie que qué es lo que se celebraba:
-La boda de Zak- Contestó este.
Sonreí lleno de alegría y le grité:
-¡¡Enhorabuena hermanito!! ¡¿Y quién es la afortunada?!
Entonces sí hubo silencio, un silencio aún más frío, sepulcral, como si nadie me hubiera escuchado. O no me hubieran querido escuchar. Pero esto era imposible, dado al silencio que reinaba en el comedor.
-Con Jacinta Robledo del Valle- me dijo.
Un jarro de agua fría parecía deslizarse por mis anchas espaldas provocándome un escalofrío.
¡Jacinta! ¡Mi Jacinta! aquella a la que me había comprometido a querer siempre justo antes de mi viaje a alta mar. Aquella que me despedía desde su balcón pensando en el día de nuestra boda, que sería en el momento en que volviera a casa.
No, era mentira. Tenía que ser mentira. No lo podía creer. Mi amada casada con mi hermano pequeño. Con mi decimoséptimo hermano. Apenas me había ausentado tres años y había sido reemplazado por otro…
La busqué con la mirada. Y fue entonces cuando la vi, tan guapa vestida de blanco. Estaba espléndida, radiante, pero su cara, incomprensiblemente, denominaba tristeza.
Pero no me di cuenta.
Lleno de rabia, subí a la que era mi antigua habitación. Todo estaba como lo dejé. Abrí el armario e hice un petate en el que guardé ropa y algo de dinero. En ese momento Charlie subió:
-¿Dónde vas?
-A buscar a padre. No quiero ver a mi único amor en manos de mi hermano. Adiós.
-Pero espera... no lo entiendes... esto es porque… - la voz de Charlie se convirtió en un susurro según iba bajando las escaleras.
La gente me miraba anonadada. Pero una vez más no me di cuenta. Atravesé el salón y desaparecí por la puerta.
Ni siquiera me fijé si mi padre estaba allí o no, con tantas prisas ni pregunté. Pero algo me decía que me debía alejar, y como no tenía dónde ir, me aventuré en una búsqueda que podía estar solucionada. O a lo mejor no.
~~~~~~
Dejad vuestro comentario aquí. Hasta pronto.
jueves, 15 de enero de 2009
~>3ª Publicación:
Hoy como veis, os traigo algo nuevo. No es un relato breve, sino es una historia, una historia que espero que dure muchas entradas más. Como véis no tiene título, por tanto os invito a que la leáis y comenteis con lo que querais y de paso propongáis un nombre para la historia. El ganador recibirá... ...mi más sincera enhorabuena y las gracias más grandes del mundo por atreverse a comentar. Un saludo. Espero que os guste.
No podía seguir así. Quedaban apenas dos minutos para embarcar y seguía sin decidirme.
-¿Y si me pasa algo?- pensaba- ¿Cómo voy a dejar a mis hermanos solos?
Creo que me atormentaba demasiado. Mi padre me estaba esperando en el barco. Había envejecido mucho, sobre todo desde que se hizo a la mar.
Fue hace diez años. Mi madre murió al dar a luz a mi decimoctavo hermano (yo soy el decimosexto). Desde entonces para no hundirse en su dolor, se hizo marinero de un barco muy conocido. Traía y trae, suficiente dinero a casa cuando vuelve, nos dura por lo menos seis meses si lo racionamos y nos compramos lo indispensable para alimentarnos.
Un día hace poco, padre, vino de un viaje del Nuevo Mundo. Vino con el doble de dinero. Le va bien en ese barco. Nos dijo que le habían ascendido de rango. Todos nos quedamos fascinados. Mi padre es un hombre que no bebe (al contrario que los demás marineros) y es responsable en todo, tanto, que cuando viene de sus viajes habla con todos y cada uno de nosotros. Es un padre muy bueno.
Cuando llegó a casa, al verme tan buen mozo, me dijo que si me interesaba trabajar con él en el barco. Me pagarían bien y al ser hijo de un alto cargo, me pagarían mejor. Es más, mi padre me dijo que si iba, el dinero que ganara era todo para mí. Le dije que me lo pensaría. Yo aquí trabajo de vendedor de frutas y me va bien, pero es que irme tan lejos…
Ya falta un minuto para que el barco con destino al nuevo mundo que a descubierto hace poco un hombre llamado Colón, zarpe.
Y no sé que hacer, no tengo ni idea.
Mi novia me mira desde su balcón. Ella quiere que vaya para ganar dinero y cuando haya ganado lo suficiente, casarnos. Ya tengo quince años, para cuando vuelva tendré dieciséis o dieciocho, y volveré con suficiente dinero como para casarme y montar mi propia frutería.
Me sigue mirando a ver que decisión tomo. Lleva puesto el vestido que la regalé por su cumpleaños. Está bellísima y me sonríe.
Quedan sólo treinta segundos para que el barco zarpe.
Esos ojitos que tanto me gustan, tan verdes, tan bonitos, me siguen mirando, llorosos, incitándome a irme, por una parte, y por otra, con miedo de que algo me pueda ocurrir.
Quedan quince segundos, los mozos se preparan para levar el ancla.
Miré a mi novia a los ojos, no había nada más que discutir.
Me subí al barco justo en el momento en que alzaban las velas y desataban el cabo que tenía amarrado a tierra a aquella nave.
Me fui al lado de mi padre, y desde la cubierta del barco vi cómo se alejaba mi familia y mis amigos. Y en especial mi pequeña flor, mi Jacinta, que se despedía de mí agitando su pañuelo en el aire.
-Tendré que esperar a verte mi pequeña flor- dije en un susurro- al fin y al cabo esto es sólo un viaje hacia el mar.
~~~~~~
No os perdais el próximo capítulo, aquí en vuestro blog.
No podía seguir así. Quedaban apenas dos minutos para embarcar y seguía sin decidirme.
-¿Y si me pasa algo?- pensaba- ¿Cómo voy a dejar a mis hermanos solos?
Creo que me atormentaba demasiado. Mi padre me estaba esperando en el barco. Había envejecido mucho, sobre todo desde que se hizo a la mar.
Fue hace diez años. Mi madre murió al dar a luz a mi decimoctavo hermano (yo soy el decimosexto). Desde entonces para no hundirse en su dolor, se hizo marinero de un barco muy conocido. Traía y trae, suficiente dinero a casa cuando vuelve, nos dura por lo menos seis meses si lo racionamos y nos compramos lo indispensable para alimentarnos.
Un día hace poco, padre, vino de un viaje del Nuevo Mundo. Vino con el doble de dinero. Le va bien en ese barco. Nos dijo que le habían ascendido de rango. Todos nos quedamos fascinados. Mi padre es un hombre que no bebe (al contrario que los demás marineros) y es responsable en todo, tanto, que cuando viene de sus viajes habla con todos y cada uno de nosotros. Es un padre muy bueno.
Cuando llegó a casa, al verme tan buen mozo, me dijo que si me interesaba trabajar con él en el barco. Me pagarían bien y al ser hijo de un alto cargo, me pagarían mejor. Es más, mi padre me dijo que si iba, el dinero que ganara era todo para mí. Le dije que me lo pensaría. Yo aquí trabajo de vendedor de frutas y me va bien, pero es que irme tan lejos…
Ya falta un minuto para que el barco con destino al nuevo mundo que a descubierto hace poco un hombre llamado Colón, zarpe.
Y no sé que hacer, no tengo ni idea.
Mi novia me mira desde su balcón. Ella quiere que vaya para ganar dinero y cuando haya ganado lo suficiente, casarnos. Ya tengo quince años, para cuando vuelva tendré dieciséis o dieciocho, y volveré con suficiente dinero como para casarme y montar mi propia frutería.
Me sigue mirando a ver que decisión tomo. Lleva puesto el vestido que la regalé por su cumpleaños. Está bellísima y me sonríe.
Quedan sólo treinta segundos para que el barco zarpe.
Esos ojitos que tanto me gustan, tan verdes, tan bonitos, me siguen mirando, llorosos, incitándome a irme, por una parte, y por otra, con miedo de que algo me pueda ocurrir.
Quedan quince segundos, los mozos se preparan para levar el ancla.
Miré a mi novia a los ojos, no había nada más que discutir.
Me subí al barco justo en el momento en que alzaban las velas y desataban el cabo que tenía amarrado a tierra a aquella nave.
Me fui al lado de mi padre, y desde la cubierta del barco vi cómo se alejaba mi familia y mis amigos. Y en especial mi pequeña flor, mi Jacinta, que se despedía de mí agitando su pañuelo en el aire.
-Tendré que esperar a verte mi pequeña flor- dije en un susurro- al fin y al cabo esto es sólo un viaje hacia el mar.
~~~~~~
No os perdais el próximo capítulo, aquí en vuestro blog.
jueves, 8 de enero de 2009
~>2ª Publicación:
Gracias a todos los que hayais leído mi blog. En esta segunda entrega publico una historia que escribí hace bastante, pero he corregido los fallos. Espero que os guste.
“La espera de Noa”
En los largos atardeceres de verano, salíamos a la playa a ver la puesta de sol. Aquella playa nos enternecía tanto como nuestras caricias.
Era otoño. Las hojas caían. Pero la playa parecía la misma. Con su mismo atardecer. Ahora nos recuerdo, lujuriosos, revolcándonos en la arena, mientras el crepúsculo se cernía sobre nuestros cuerpos desnudos.
Noa se levantó de aquella arena. Cuatro años esperando el regreso de su amado, que hacia la guerra había zarpado una noche como esa.
-Señorita, la cena está servida -decía Amador, el viejo mayordomo.
-Lo siento, dígale a mi padre que no me apetece comer.
-Pero señorita, ya le oyó ayer –añadió el mayordomo, con toque desesperado en la voz – ¡la amenazó con dejarla sin probar bocado!
-¡Me da igual, he dicho! Aunque él me dejara comer, yo no comería nada...
-Pero señorita, ¿tanto quiere a ese pobre diablo?
-Más que el sol a la luna, más que la luna a las estrellas…
-Está bien, le diré que cenará aquí fuera –añadió el mayordomo, tras lo cual, abandonó la playa camino de la mansión que había a espaldas de la chica.
La luna hacía brillar el sedoso pelo negro y liso de Noa. Su luz iluminaba el mar produciendo destellos que brillaban en sus ojos.
-Tras alguno de ellos está Álvaro. Lo sé. Volverá. No me puede dejar sola…
Pasaron años. Noa seguía mirando el mar. Su vista no se cansaba. Casi ni dormía. Incluso llegó a pasar dos semanas sin pisar por su casa, porque por muy cerca que estuviera del mar, tenía la sensación de que si dejaba la playa, él no volvería.
Su piel envejecía. Arrugas que antes no había, se acentuaban cada días más en su cara. Pero su corazón seguía joven. Con fuerza. Como si no hubiera pasado ningún día por él. Como si todos estos años hubieran sido simples sueños.
Su padre murió. Su madre, ante la desesperación, al ver que su hija no quiso retirarse de la playa ni en esta ocasión, mandó enterrar a su marido en ella.
Pocos años después, su madre también murió, y Noa mandó enterrar a su madre en la playa, junto a su padre.
De los pies y la cabeza de las tumbas nacieron rosales. Sus flores de color amarillo le recordaban a Noa las noches de bohemia con su novio, en las ferias del pueblo, cuando, por tradición, se le colocaba a la chica una de éstas en el pelo. Y la preferida de Álvaro, la rosa amarilla, había estado siempre en el pelo de Noa.
Con cuidado de no pincharse, Noa robó una flor al rosal. Se la colocó en el pelo, y se sentó en la playa, a esperar.
Cuando su cuerpo empezaba a arquearse, Noa decidió abandonar su espera. No era fácil, bien lo sabe Dios, pero ella resistiría poco si no se refugiaba en la mansión.
Cayó enferma. Sudores fríos recorrían su cuerpo. Ella vio que era su fin, que moriría sin volver a ver a Álvaro, que no le vería volver de su viaje…
Temía olvidarse de aquellos recuerdos en la playa, cuando sus cuerpos se fundían y se convertían en uno sólo. Temía perderse la razón de su larga espera.
Y un día la luz llegó. Vio al barco echando el ancla. Ella estaba sentada en la arena de la playa, en la que tanto había aguardado. No había restos de arrugas en su cara, ni en sus manos, ni en ninguna otra parte de su cuerpo… Se levantó para poder observar bien. No estaba encorvada. Su pelo, que había dejado de ser blanco y volvía a ser negro, destellaba a la luz proveniente del crepúsculo, y ondeaba al son de la suave brisa de verano.
Álvaro se aproximaba a lo lejos. A Noa le brillaban sus grandes ojos pardos mientras él se acercaba. Cuando llegó frente a su amada, sacó de la nada una rosa amarilla y, ahora sí, se acercó a Noa y se la puso en el pelo.
Lo que más tarde pasó, sólo Noa y Álvaro lo saben.
“La espera de Noa”
En los largos atardeceres de verano, salíamos a la playa a ver la puesta de sol. Aquella playa nos enternecía tanto como nuestras caricias.
Era otoño. Las hojas caían. Pero la playa parecía la misma. Con su mismo atardecer. Ahora nos recuerdo, lujuriosos, revolcándonos en la arena, mientras el crepúsculo se cernía sobre nuestros cuerpos desnudos.
Noa se levantó de aquella arena. Cuatro años esperando el regreso de su amado, que hacia la guerra había zarpado una noche como esa.
-Señorita, la cena está servida -decía Amador, el viejo mayordomo.
-Lo siento, dígale a mi padre que no me apetece comer.
-Pero señorita, ya le oyó ayer –añadió el mayordomo, con toque desesperado en la voz – ¡la amenazó con dejarla sin probar bocado!
-¡Me da igual, he dicho! Aunque él me dejara comer, yo no comería nada...
-Pero señorita, ¿tanto quiere a ese pobre diablo?
-Más que el sol a la luna, más que la luna a las estrellas…
-Está bien, le diré que cenará aquí fuera –añadió el mayordomo, tras lo cual, abandonó la playa camino de la mansión que había a espaldas de la chica.
La luna hacía brillar el sedoso pelo negro y liso de Noa. Su luz iluminaba el mar produciendo destellos que brillaban en sus ojos.
-Tras alguno de ellos está Álvaro. Lo sé. Volverá. No me puede dejar sola…
Pasaron años. Noa seguía mirando el mar. Su vista no se cansaba. Casi ni dormía. Incluso llegó a pasar dos semanas sin pisar por su casa, porque por muy cerca que estuviera del mar, tenía la sensación de que si dejaba la playa, él no volvería.
Su piel envejecía. Arrugas que antes no había, se acentuaban cada días más en su cara. Pero su corazón seguía joven. Con fuerza. Como si no hubiera pasado ningún día por él. Como si todos estos años hubieran sido simples sueños.
Su padre murió. Su madre, ante la desesperación, al ver que su hija no quiso retirarse de la playa ni en esta ocasión, mandó enterrar a su marido en ella.
Pocos años después, su madre también murió, y Noa mandó enterrar a su madre en la playa, junto a su padre.
De los pies y la cabeza de las tumbas nacieron rosales. Sus flores de color amarillo le recordaban a Noa las noches de bohemia con su novio, en las ferias del pueblo, cuando, por tradición, se le colocaba a la chica una de éstas en el pelo. Y la preferida de Álvaro, la rosa amarilla, había estado siempre en el pelo de Noa.
Con cuidado de no pincharse, Noa robó una flor al rosal. Se la colocó en el pelo, y se sentó en la playa, a esperar.
Cuando su cuerpo empezaba a arquearse, Noa decidió abandonar su espera. No era fácil, bien lo sabe Dios, pero ella resistiría poco si no se refugiaba en la mansión.
Cayó enferma. Sudores fríos recorrían su cuerpo. Ella vio que era su fin, que moriría sin volver a ver a Álvaro, que no le vería volver de su viaje…
Temía olvidarse de aquellos recuerdos en la playa, cuando sus cuerpos se fundían y se convertían en uno sólo. Temía perderse la razón de su larga espera.
Y un día la luz llegó. Vio al barco echando el ancla. Ella estaba sentada en la arena de la playa, en la que tanto había aguardado. No había restos de arrugas en su cara, ni en sus manos, ni en ninguna otra parte de su cuerpo… Se levantó para poder observar bien. No estaba encorvada. Su pelo, que había dejado de ser blanco y volvía a ser negro, destellaba a la luz proveniente del crepúsculo, y ondeaba al son de la suave brisa de verano.
Álvaro se aproximaba a lo lejos. A Noa le brillaban sus grandes ojos pardos mientras él se acercaba. Cuando llegó frente a su amada, sacó de la nada una rosa amarilla y, ahora sí, se acercó a Noa y se la puso en el pelo.
Lo que más tarde pasó, sólo Noa y Álvaro lo saben.
sábado, 3 de enero de 2009
~>1ª Publicación:
Ensayo sobre la amistad I
Comienzo, aclaración e introducción.
Hay pocos ensayos que empiecen con la conclusión. Pues bien, éste es uno de ellos. Tengo 16 años y a día de hoy no he conseguido, no conozco, lo que es tener un amigo. Como es lógico voy a contar mi historia. No os pido que la leáis, sabéis ya de lo que trata así que estáis a tiempo de seguir leyéndola o de dejar de hacerlo.
Bien, si estáis leyendo esto es que queréis saber lo que suelo vivir a menudo.
Desde mi infancia no he tenido muchos amigos. Soy hijo único y me tenían muy protegido así que mi madre estaba constantemente encima de mí y nunca me dejaba hacer nada malo ni nada. Así pasé años enteros de mi vida. Sólo en los recreos, estudiando en ellos en lugar de descansar o jugar, y lo más penoso para mí, en las excursiones iba siempre sólo y cuando me preguntaba que quién era mi acompañante yo, para quitarle hierro al asunto, afirmaba en tono de broma que iba con mi amigo invisible. Ahora con el tiempo analizo mi comportamiento y pienso si en realidad lo que quería hacer no era bromear, sino que igual era alguna especie de tono irónico hacia aquellos que me preguntaban, porque desde luego ellos no me habían pedido que les acompañara. En cualquier caso, ya fuera en tono irónico o simplemente una burla, yo no lo hacía con mala intención, al contrario, todo lo decía sin maldad alguna y temiendo herir mínimamente los sentimientos de las personas que me los herían a mí sin tener ningún tipo de cuidado.
Esto último lo sigo haciendo.
Aunque parezca mentira, siempre que hablo con una persona, siempre que entablo conversación o amistad, intento tener cuidado con cada una de las palabras que utilizo, busco los dobles sentidos, incluso hasta después de hablar con la persona en cuestión, que puedo estar viendo la tele y de repente me viene a la cabeza las palabras que he dicho y el posible doble sentido que puede encontrarse en ellas. Puedo parecer egoísta al afirmar lo que voy a decir a continuación, pero todas estas “obsesiones” o “traumas” que tengo, son causados por esos amigos que he tenido, que muy amigos no han debido de ser para que yo termine así. Yo por desgracia tengo una mente muy monotemática, y cuando trabaja en algo, cuando está preocupada por algo, no sale de ahí, así que me encajono en un pensamiento, en algo que me ronda la cabeza, y hasta que no averiguo todo, no soy capaz de dejar el tema. Me refiero, por ejemplo a cuando un amigo que considero bueno se aleja de mí estando todos los días juntos, o bien un día me habla y al otro no, o en un determinado momento sólo me deja de hablar a mí y luego como si nada (que me ha pasado), etcétera… pues mi mente se esfuerza en saber el porqué de ese suceso, incluso se lo pregunto al amigo en cuestión, y si me contesta la verdad, bien, sinceridad ante todo, pero si me contesta una mentira o ni tan siquiera me contesta, suelo “obsesionarme” más aún con el tema, con esa persona… Aunque obviamente si estoy escribiendo esto es porque soluciono todo, busco una solución y la encuentro, y las soluciones suelen ser buenas… de hecho la última no pudo ser mejor… Pero de eso hablaré otro día. Lo que realmente quería decir con todo esto es que gracias al cielo no ha sido peor… Porque sí, si os lo estabais preguntando, hay algo peor que los que os estoy contando. Y es que la gente no sólo de traumatiza de esta forma: Hay personas que se cogen unos traumas que, si por trauma se crecieran diez centímetros, no entrarían por la puerta. Yo he conocido a gente que se ha hecho rarísima, que se ha quedado en esa época y que por culpa del rechazo recibido en la infancia no ha crecido mentalmente, se ha quedado allí estancada. Esa gente se merece amigos, sobre todo como ellos mismos, con esa misma mentalidad. No quiero decir que deban de juntarse sólo entre ellos, obviamente, no sería justo tampoco ponerlos en una especie de cuarentena, pero sí que después de recibir un trato psicológico, de tratar de curar aunque fuera un poco esos traumas, yo creo que después sí podrían enfrentarse al mundo real. Lo digo más que nada por la gente que se pueda volver a aprovechar de ellos, pero sobre todo lo digo por los que se ríen de éstas personas que no se lo merecen ya que están así por culpa de gente como ellos.
El mundo de la amistad es muy complicado y largo de explicar. Yo lo he intentado resumir, dado que es la época en la que todos los problemas y “traumas” nacen, aunque se van a ir desarrollando con los años.
Un día me aburría e hice un estudio sobre la amistad. Las respuestas que recibí a la pregunta: ¿Qué es para ti la amistad? Fueron:
-Un amigo es un tesoro, y hay que cuidarlo como tal.
-Un amigo es todo aquel que me escucha cuando hablo, que me da su opinión sin callarse ningún detalle.
-Un amigo es con aquel que te lo puedes pasar bien por ahí de juerga.
-Es el que se pega con alguien que me ha intentado pegar o que me ha pegado antes.
-Un amigo es el que es sincero por encima de todo.
Vale, estoy de acuerdo con la mayoría de las respuestas, aunque habría que matizar algunos puntos, que igual lo haré más adelante, pero como habréis podido observar, lo primero que me di cuenta es que nadie me decía lo que era la amistad, sino, me definían el término de amigo. Qué pasa, ¿tan difícil es de definir la amistad? Quizá sí, pero me hubiera gustado que alguien me respondiera a la pregunta que formulé, ¿tú serías capaz? Dime, ¿qué es para ti la amistad? Piénsatelo, no hace falta que me contestes enseguida, pero piénsalo y contéstame a ver si coincide realmente con la definición que voy a dar a continuación, eso sí, en cuanto la dé tendré que explicar montones de cosas que se encuentran dentro de ese apartado, así que creo que mejor seguiré otro día.
Espero que no os aburráis mucho, para mi cabeza escribir esto es un gran esfuerzo y para vosotros me imagino que también lo será leerlo. Así que entended bien este punto y ya seguiré con el siguiente. Pero antes recuerda la pregunta: ¿qué es para ti la amistad?
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