miércoles, 29 de agosto de 2012

La vida sigue igual.

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En la vida, como en todo, hay cosas buenas que nos hacen sentir que somos alguien y cosas malas que nos matan poco a poco. Es un constante devenir. Una montaña rusa que algunas veces baja tanto, que somos incapaces de ver la luz del sol; y otras que sube tan alto, que podemos alcanzar las nubes y el éxtasis mismo.

No saber qué rumbo dar a tu vida, los problemas familiares, los amigos y parejas sentimentales que van y vienen, son sólo unas de las pocas cosas que nos atormentan día a día, e intentamos sobrellevar de la mejor forma posible.

Por desgracia, no darse cuenta de las cosas buenas que ocurren en la vida y sí darse cuenta de las malas, es uno de los fallos más grandes que tiene el ser humano. Enfermedades, peleas, muertes, guerras. Problemas, problemas, problemas. No es capaz de ver las cosas buenas que le rodean. Pero si no las ve es porque no quiere. Porque la vida es tan bella como tú la quieras ver. Porque existen sensaciones, sucesos, que hacen de la vida maravillosa para vivir: El aroma de una flor un cálido día de primavera, el olor a césped recién cortado, donar dinero o sangre, ayudar a los demás, el abrazo de un amigo… son cosas que nos hacen  sentir bien. Que nos hacen sentir estamos en el mundo, no sólo porque tiene que haber de todo, sino, porque tenemos una razón para estar aquí, para vivir. El simple hecho de tener problemas, no significa que tengamos que estar amargados, ser infelices o, incluso, barajar la posibilidad del suicidio. Es absurdo. Todos sabemos que el mundo está loco, que es injusto y cruel, pero de la misma manera, sabemos que un amanecer sin nada que perder es muy difícil de entender. Es en eso en lo que consiste la vida: a veces se gana y a veces se pierde.
Debemos entender que estamos aquí de paso y que tenemos que aprender a vivir, aprender a disfrutar de la vida y a lidiar con sus golpes y sus varapalos. Como decía la canción: “Al final, las obras quedan, las gentes se van, otros que vienen las continuarán. La vida sigue igual”.

La vida sigue igual…

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Leyenda

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Cuenta la leyenda que un anciano solitario, sentado a los pies de la montaña, suplicaba a Dios que le enviaran ayuda. La gente, al pasar por su lado, le rehuía. Sabían que aquel hombre no hablaba con nadie, que sólo imploraba allí, de rodillas.

También dice la leyenda, que un día el sol se nubló, y los pájaros dejaron de cantar.
Unos dicen que fue un niño, otros que simplemente fue un buen samaritano, pero en cualquiera de los casos, un día un hombre apareció de la nada, se le acercó y arrodillóse a su lado.

-Señor, ¿por qué está usted rezando?
-Verá, hace poco se me murió un hijo, más tarde mi esposa, y después otro hijo. Ahora sólo me queda mi preciosa hija, que está enferma, y yo por mucho que lo deseo, no puedo pagar su alimento y mucho menos su medicina.

El buen samaritano, conmovido, se echó mano al bolsillo mientras decía:

-Es curioso que la gente diga que lo importante ante todo es la salud y, sin embargo, hay gente como usted que sin dinero, no puede ni mantener a su hija Enriqueta, con lo bien que se ha portado usted con todo el mundo y las críticas y ascos que ha tenido que aguantar cuando la gente pasa a su lado, que ni siquiera le miran. Y ella, con apenas cinco años, ni tan siquiera puede mantenerse en pie.

El longevo señor se sorprendió de que aquel extraño supiera tanto de su familia y sobre todo de su hija. Entonces, el desconocido, que había terminado de rebuscar en su bolsillo, sacó un colgante de oro. Más asombrado aún, el anciano exclamó:


-¡Ese es el colgante de mi difunta mujer! ¿Qué hace usted con él? ¿De dónde lo ha sacado?

-No me lo he encontrado, ni lo he robado. Usted sabe que este colgante es de alguien que desde otro lugar le está observando y escuchando continuamente sus plegarias. Es la misma persona que ha intentado todo lo posible para que yo pueda estar aquí ahora mismo haciéndole entrega de ésto, que sin duda podrá vender sin problemas para comprar a su hija las medicinas que tanto necesita.

Con estas palabras, el buen samaritano le hizo entrega del colgante al buen hombre y se levantó y mientras desaparecía en la lejanía. Entonces el cielo se volvió a aclarar y los pájaros cantaron las melodías más hermosas que habían cantado nunca.

Esa noche el hombre, feliz por el encuentro con aquella persona, soñó. Soñó con un lugar maravilloso, lleno de luz y de alegría y escuchaba en la lejanía, una voz suave que susurraba acorde con el viento: No pude dejar que me reconocieras, pero tenía que decirte que sigo contigo, que todos estamos junto a Enriqueta y a ti, y que por muchas malas cosechas que vengan, aún te quedan muchas primaveras por vivir.



Esta historia pertenece en su totalidad al autor de la misma: Alberto Justo García 2010. Todos los derechos reservados.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Oscuridad.

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Luz ¿dónde estás? Vuelve a mí. Sin tí no puedo vivir. Claridad, dime, ¿qué es lo que te han hecho?
La oscuridad me ciega, intenta que no vea todo aquello que me rodea. Y yo quiero ver lo que ahora no puedo. Quiero ver más allá de mis párpados. Sentir que sigo vivo y que sólo es que tú te has ido.
Luz, ábreme los ojos, como en tantas ocasiones me los has abierto, y dime cuál es el próximo paso que debo dar, porque esta sensación es claustrofóbica, inaguantable. Me provoca ansiedad y sudores. Me hace sentir impotente.
Dime Luz, ¿qué hago? Sólo quiero volver a ver y que me vean. Saber si en realidad formo parte de algún sitio, o si la oscuridad nunca ha venido y realmente lo que pasa es que tú nunca has existido.

Y así, voy buscándote en el mar. Me pierdo en lágrimas llenas de sal. Mi voz se muere y ni tú ni nadie lo puede ver.